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Su vecino de siempre la vio diferente esa noche de verano...

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La ciudad hervía en una bochornosa noche de julio. En su balcón, Javier buscaba una brisa imposible cuando el movimiento en la ventura de enfrente captó su atención. Era ella, su vecina del tercero, la arquitecta siempre impecable de traje pantalón.

Pero esa noche no había trajes. La silueta, recortada contra la luz cálida de su salón, se movía con una fluidez hipnótica. Llevaba solo un camisón de seda que dejaba adivinar la curva de una cadera, el arco de un cuello extendido. Tenía una copa de vino en una mano y con la otra parebía acariciar el aire, siguiendo el ritmo de una música que él no podía escuchar.

Javier, un hombre de cincuenta y cinco años que creía haberlo visto todo, contuvo la respiración. La conocía de saludar en el ascensor, de conversaciones breves sobre la lluvia. Aquella mujer serena, de gestos medidos, se había transformado. Su baile era lento, introspectivo, un diálogo íntimo con la noche y con su propio cuerpo. En un giro, su perfil se definió contra la ventana: los ojos cerrados, una sonrisa leve en los labios.

Él se sintió como un ladrón de instantes, pero no pudo apartar la vista. Era la belleza más pura y desprevenida que había visto en años. Cuando ella alzó lentamente los brazos, un estremecimiento recorrió su espalda. En ese momento, como si sintiera el peso de su mirada a través de la oscuridad, ella abrió los ojos y miró directamente hacia su balcón. Javier se paralizó. Ella no se sobresaltó. Sostuvo la mirada por un segundo eterno, y luego, con una calma devastadora, llevó la copa a sus labios y le dedicó el más leve de los guiños antes de desaparecer en la penumbra de la habitación, dejándolo a él con el latido del verano y un secreto compartido.

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