El hielo de su martini tintineó suavemente cuando un hombre se sentó en el taburete contiguo, dejando deliberadamente uno vacío entre ellos. Carla notó el corte impecable de su traje, las manos cuidadas. No era un turista.
"Disculpe la intrusión", dijo su voz, un bajo aterciopelado que encajaba con el piano de fondo. "Pero hace veinte años, en un bar muy parecido a este en Lisboa, un perfume me hizo prometerme que si alguna vez lo volvía a encontrar, no dejaría pasar la oportunidad de preguntar por su dueña".
Carla giró lentamente el taburete. Sus ojos se encontraron. "¿Y cree haberlo encontrado?" preguntó, un esbozo de sonrisa en sus labios.
"‘Shalimar’. Vintage. Aplicado en la base del cuello, donde el latido del corazón lo calienta". Sus palabras no eran un intento burdo; eran una observación precisa, casi académica.
Un escalofrío, no de incomodidad sino de reconocimiento, recorrió la espalda de Carla. Era el detalle íntimo, el conocimiento, lo que la desarmó. "Lisboa fue hace mucho tiempo", concedió, tomando un sorbo.
"Algunas cosas no tienen fecha de caducidad", dijo él. No pidió permiso para acercarse. Simplemente lo hizo, reduciendo el espacio entre ellos hasta que el aroma a su perfume y el de su colonia limpia se entrelazaron. Su mirada bajó a su boca, luego regresó a sus ojos. "Solo quería saber si la mujer que lleva ese perfume ahora es tan fascinante como la que imaginé entonces".
Carla no retrocedió. La energía entre ellos era como la del martini: fuerte, clara y con un toque de amargor dulce. "Quizás", susurró, "la imaginación a veces se queda corta". Y al ver cómo sus ojos oscuros se iluminaban con la respuesta, supo que la noche, que empezó en soledad, había tomado un giro definitivo.