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Su profesor de arte finalmente vio la obra maestra que era ella...

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Isabel era la alumna más veterana y talentosa del taller de escultura. Aquel día, había ido a devolver un libro. El maestro, Leo, trabajaba en un bloque de arcilla, las manos cubiertas de barro seco.

"Tu última pieza era increíble, Isabel. Tiene... una tensión contenida", dijo él, sin dejar de modelar.
"Quizás es lo que aprendí aquí. A no mostrar todo, solo sugerirlo", respondió ella, recorriendo el taller con la mirada.

De pronto, se detuvo frente a un esbozo rápido al carbón, clavado en la pared. Era una figura femenina de espaldas, con una curva en la cintura que le resultó vagamente familiar. Leo se quedó quieto, notando su descubrimiento.

"Ese es solo un ejercicio de líneas", dijo, su voz un poco más tensa.
"Son líneas muy... específicas", murmuró Isabel, acercándose. El aire olía a turpentina y tierra. Se volvió hacia él. Sus ojos, siempre críticos frente al arte, ahora tenían una pregunta diferente.

Leo limpió sus manos en un trapo, lentamente, sin apartar la vista de ella. "A veces, el modelo perfecto para capturar la elegancia del tiempo no viene a posar. Solo pasa por tu vida, y tienes que atrapar el recuerdo antes de que se desvanezca".

Isabel sintió una oleada de calor. No era el halago de un joven, era la observación profunda de un hombre que había esculpido décadas. Caminó hacia la mesa de trabajo, donde yacía la arcilla fresca. Sin pedir permiso, hundió la yema de un dedo en la masa suave, dejando una huella perfecta.

"Los recuerdos se desvanecen, maestro", dijo, sosteniendo su mirada. "Pero las impresiones... las impresiones permanecen". Dejó su huella en su obra, un gesto más íntimo que cualquier beso. Y supo, por la forma en que él contempló esa pequeña marca, que había posado para su obra maestra sin siquiera sentarse.

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