La seda negra del vestido se deslizó sobre su piel como un suspiro. Lucía examinó su reflejo en el espeño del vestidor de la boutique vintage. La talla era perfecta, el corte, una revelación. Pero el cierre trasero, una cremallera escondida, se resistía a mitad de camino.
“¿Necesita ayuda?” La voz del dueño de la tienda, un hombre de porte distinguido que la había atendido con mirada experta, llegó desde el otro lado de la cortina.
Ella dudó un instante. “Sí, por favor”.
La cortina se corrió solo lo necesario. Él entró en el espacio reducido, cargado del aroma a madera pulida y alcanfor. Su respiración se hizo audible. “Permítame”, murmuró. Sus dedos, cálidos y seguros, encontraron el pequeño colgante de la cremallera. El roce contra su espalda desnuda fue una chispa eléctrica.
El silencio era denso, solo roto por el sonido metálico y lento del cierre subiendo. Milímetro a milímetro. Sus nudillos rozaban su columna vertebral con cada pequeño tirón. Lucía no miraba al espeño, miraba su reflejo en él. Sus ojos estaban fijos en la línea de sus hombros, en el espacio mínimo entre su cuerpo y el de ella. La tensión no era incómoda; era deliciosa, cargada de una pregunta no formulada.
La cremallera llegó al tope. Pero su mano no se retiró. Se quedó allí, la palma abierta apenas rozando la pequeña zona de piel entre sus omóplatos, como midiendo el latido de su corazón a través de la seda. “¿Le convence?” preguntó su voz, ahora un susurro ronco cerca de su oreja.
Lucía sostuvo su mirada en el espejo y, por primera vez en años, se vio no solo vestida, sino deseada. “Completamente”, respondió, y su sonrisa en el reflejo le dijo que no hablaban solo del vestido.