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Lo que Susurraba el Vestido de Seda Roja

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Clara encendió la última vela en el baño, ahuyentando las sombras. El agua de la bañera humeaba, llena de espuma y aceites con aroma a sándalo. Se desprendió de la ropa del día, de las responsabilidades, y dejó caer al suelo el sencillo vestido de algodón. Pero luego, de detrás de la puerta, sacó ese otro.

El vestido era de seda roja, del color de una promesa. Se deslizó sobre su piel como un susurro, ajustándose a sus curvas con una familiaridad que hizo que se estremeciera. No iba a ninguna parte. No esperaba a nadie. Esta noche, el público era solo su propio reflejo en el espejo empañado.

Caminó descalza hasta la sala, donde un jazz suave llenaba el espacio. La seda roja centelleaba a la tenue luz de la lámpara. Se sirvió una copa de vino tinto, dejando la huella de sus labios en el borde. Bailó sola, lenta, sensualmente, sintiendo cómo la tela jugaba con sus piernas, cómo acariciaba sus caderas con cada movimiento.

Se detuvo frente al ventanal, viendo su propio reflejo superpuesto a la ciudad nocturna. La mujer que la miraba desde el cristrio no era la ejecutiva eficiente, ni la madre solícite. Era alguien más. Alguien con secretos en la profundidad de sus ojos y un fuego latente en la postura desafiante de sus hombros. La seda roja no era solo un vestido; era una segunda piel que revelaba a la verdadera mujer que habitaba dentro, potente, dueña de sí misma y de aquel momento de pura, intoxicante libertad.

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