La música de la banda flotaba sobre la terraza, mezclándose con el aroma a tierra mojada y jazmín. Sofía había aceptado el baile por cortesía, pero ahora, en el centro de la pista improvisada, la cortesía era un recuerdo lejano.
Sus manos descansaban sobre sus hombros, las de él, anchas y seguras, rodeaban su cintura con una firmeza que no era posesión, sino presencia. Un espacio perfecto, respetuoso, separaba sus cuerpos, pero en ese espacio vibraba una electricidad casi audible. Con cada giro lento, el tejido de su vestido, abierto por la espalda, rozaba sus palmas. Era un contacto accidental, una caricia involuntaria que hacía que la respiración de Sofía se detuviera por una fracción de segundo.
Él no dijo una palabra. No hacía falta. Su mirada, fija en los ojos de ella, era un diálogo completo. Hablaba de paciencia, de haber esperado este momento sin saberlo, de reconocer en su mirada una historia similar de silencios y de síes no dichos. Al inclinarla suavemente en un paseo, su mano se deslizó un milímetro más abajo, casi en la curva baja de su espalda. Un territorio nuevo, una pregunta susurrada.
Sofía permitió que su mano se deslizara desde su hombro hasta la nuca, jugando con el corto cabello ahí. Sintió cómo un escalofrío recorría su cuerpo. La música terminó con un acorde prolongado. Ellos se quedaron quietos, atrapados en el silencio repentino, en el calor de las manos que ya no querían separarse, mirándose como si el verdadero baile estuviera a punto de comenzar.