Oyó la puerta del ático contiguo abrirse. Era su vecino, el pianista del que solo conocía el sonido de sus nocturnos a través de la pared. Él también buscaba aire en la terraza común. Sus miradas se encontraron en la penumbra. Ninguno dijo "buenas noches".
"Parece que solo quedamos nosotros dos", dijo él al fin, su voz más grave en la oscuridad.
"Y el mundo allá abajo", contestó Valeria, acercándose a la barandilla.
Él se situó a su lado, no demasiado cerca. El calor de su brazo, sin embargo, era perceptible en el aire fresco de la altura. No hablaron. Miraban las luces de los coches, como ríos de diamantes. De pronto, un haz de luz de un edificio lejano barrió la terraza, iluminándola por un segundo. Él vio el destello de la seda de su bata, ceñida a su cuerpo; ella captó la intensidad de su perfil, la mirada perdida pero presente.
Cuando la oscuridad volvió, era más profunda. Valeria sintió un movimiento. Su mano, sin mirar, buscó y encontró el borde de la barandilla fría. La mano de él ya estaba allí. Sus dedos no se entrelazaron, no hubo un agarre. Simplemente, el dorso de su mano se posó, con un peso deliberado y calmado, sobre el de ella. Un punto de contacto, un ancla en la noche negra. El silencio ya no era vacío. Estaba lleno del latido de dos pulsos que, por fin, encontraban el mismo ritmo en la penumbra.