El motor del Alfa Romeo Spider 1962 tosió por última vez y murió con un estertor metálico, dejando a Marta varada en un camino rural, rodeada solo de campos dorados por el ocaso. Maldijo su suerte y su terquedad por no haber ido al taller la semana pasada.
Antes de que pudiera sacar el teléfono, un rugido bajo se acercó. Un todoterreno antiguo se detuvo a su lado. El hombre que bajó tenía el pelo entrecano y manos que hablaban de trabajo útil. “Parece que el destino no estaba de su lado hoy”, dijo con una voz sorprendentemente suave.
Marta, acostumbrada a dirigir juntas de directorio, se sintió de pronto vulnerable. Él, sin hacer muchas preguntas, abrió el capó. Ella se quedó a un lado, observando cómo sus músculos de antebrazo se tensionaban mientras manipulaba cables. El olor a gasolina, tierra caliente y una colonia limpia llenó el aire.
“No es grave, pero no arrancará ahora”, declaró, limpiándose las manos en un trapo. “Puedo llevarla a un pueblo cercano. O… puedo intentar una solución temporal, pero llevará un rato”.
La noche comenzaba a caer, tejiendo una intimidad repentina alrededor de los dos faros encendidos. Marta no sentía prisa. “Un rato no me importa”, respondió, su voz más baja de lo habitual. Se apoyó contra el costado frío del Alfa, cruzando los brazos. Él asintió, y sus miradas se encontraron en la penumbra azulada. No había prisa en sus gestos, solo una concentración pausada. Cada herramienta que tomaba, cada movimiento, era un ritual. Marta sintió que no estaba mirando a un mecánico, sino a un hombre resolviendo un enigma. Y ella, sin querer, se había convertido en parte de él.